Fue un compañero de vida fiel y constante. Junto a su mujer compartió años, rutinas y una historia larga, construyendo a su manera un hogar sostenido por el tiempo, la costumbre y todo lo vivido. Estuvo presente desde los gestos simples, esos que no siempre hacen ruido, pero que son los que realmente perduran.
Como padre, fue firme y trabajador. Enseñó valores, responsabilidad y fortaleza a través del ejemplo, guiando a sus hijos para enfrentar la vida con carácter y dignidad. Fue un hombre de su época, con una forma particular de amar y de cuidar, dejando en su familia una huella profunda que sigue viva hasta hoy.
Detrás de ese carácter, había un hombre sensible y de gran corazón. A veces lo sorprendían las lágrimas frente a las noticias en la televisión, porque sentía el mundo con intensidad. Nunca se quedaba quieto: siempre estaba trabajando en algo, arreglando, creando o simplemente pasando tiempo fuera de casa. Disfrutaba compartir con sus amigos en la plaza, escuchar mariachis y prestar atención a esos pequeños detalles que otros solían pasar por alto. Era regalón, buen contador de historias —aunque nadie sabrá jamás cuántas fueron completamente verdad— y tenía mañas entrañables, como comerse las manzanas con cuchara. Así, con virtudes, costumbres y anécdotas, dejó recuerdos imborrables y un amor que permanece.
Manuel Antonio Ureta Espinoza
Un compañero de vida, un padre firme y un legado que permanece
- 12/06/1941
- 13/05/2025
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- Nadie es eterno
- Caballo prieto azabache
- No me se rajar
- Un millón de primaveras
- Me canse de rogarle
